Sobre mí

Hace algunos años me diagnosticaron celiaquía. Esto me obligó a prestar especial atención al etiquetaje de todos los alimentos para rastrear todo aquello que llevara gluten (“mi enemigo”). Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de la cantidad de estabilizantes, colorantes, espesantes, conservantes, fragancias y un largo etcétera, que componían la comida que habitualmente consumía. Me volví una lectora empedernida de etiquetas, no sólo de las relacionadas con el ámbito de la alimentación, sino también de las de los productos del hogar, de higiene, de cosmética… TODO.

 

El caso es que el efecto sobre la salud y el medioambiente de alguno de estos ingredientes era a menudo cuestionado. Sin embargo, la mayoría de estas sustancias parecían inevitables debido al desenfrenado consumismo y al frenético ritmo de vida de nuestra sociedad: algunas de ellas, por ejemplo, potenciaban el color o aroma de los productos para atraernos a consumir más, mientras que otras alargaban la vida de estos, por lo que nos ahorraban tiempo y eran perfectas alternativas al consumo de bienes frescos.

 

Esto me hizo ver el círculo vicioso en el que estaba metida: empleaba mí tiempo en trabajar para ganar dinero, dinero que servía para comprar todos esos bienes, por lo que al final cada vez que consumía en realidad no gastaba mi dinero, sino el tiempo utilizado en obtener ese capital, y de rebote, cabía la posibilidad de que también estuviera perjudicando mi salud. Resumen de la paradoja-trabalenguas: estaba empleando mis días en obtener dinero para consumir productos que me ahorraban algo de tiempo, cuando en realidad, los podía preparar yo misma en casa de forma más saludable. ¿Cuál era la solución? ¿Dejar de consumir? Obviamente no, pero sí podía hacerlo de forma más responsable y respetuosa conmigo misma, y en consecuencia, con el medioambiente. Además, como dice el filósofo Christian Jacquiau “cuando compramos, decidimos la sociedad que queremos”, por lo que es fundamental que el cambio empiece en uno mismo.

 

Empecé a interesarme por cualquier movimiento que echara el freno a nuestras vidas y no estuviera sujeto a las prisas (slow movement). Me acerqué a todo aquello relacionado con el bienestar y la ecología. Comencé a descubrir y a seguir proyectos que promovían el reciclaje y la reutilización de materiales. Releí las teorías del decrecimiento y me di cuenta de que otro modelo económico que priorizara el desarrollo sostenible, las energías renovables, el consumo colaborativo y local, entre otros, era posible. Este fue el inicio de Organicus, un espacio sobre vida sostenible y saludable. Un cajón de sastre que utiliza el movimiento “hazlo tú mismo” (do it yourself DIY, en inglés) para proponer pequeños gestos y alternativas “verdes” en nuestro día a día. Pero que nadie se equivoque, a mi me queda mucho camino por recorrer y ni mucho menos consigo hacer todo lo que proclamo. Aunque intento ser fiel a mi filosofía y predicar con el ejemplo, de vez en cuando también se me antoja comer “guarrerías industriales” e inundar el armario con prendas de ropa innecesarias y nada “slow”; pero bueno, poco a poco…

 

¿Me acompañas en el cambio?

Ana. Dra. en Biología. Actualmente trabajo como Scientific Officer en una ONG dedicada al desarrollo y a la implementación de herramientas de diagnóstico en países en vía de desarrollo / Postgrado en periodismo científico / Máster en Industria Farmacéutica y Biotecnológica

En el blog verás que muchas veces utilizo la palabra natural. Que nadie se confunda: natural no es lo contrario de químico. Por definición todas las sustancias son químicas, ¿o alguien diría que la sal no es natural? A veces el término químico se emplea de forma peyorativa, cuando en realidad se pretende decir sintético o artificial. Asimismo, natural no es sinónimo de inocuo. Queda dicho.

 

¿No sabes por donde empezar? Este artículo te puede ayudar, es casi una recopilación del blog: “8 Propuestas para un estilo de vida sostenible

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